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Mis películas imprescindibles · 133 títulos

Ficha técnica Nº 131

Una mujer rubia con un traje espacial plateado, guantes y botas negras, posa frente a un paisaje marciano anaranjado con un cohete al fondo y otra nave envuelta en llamas a lo lejos.

Barbarella

Año
1968
Dirección
Roger Vadim
Países
Francia, Italia
Duración
98 min

Sinopsis

En el año 40.000, la agente de las Fuerzas de Paz Barbarella es enviada a la galaxia de Tau Ceti para localizar al científico Durand-Durand y recuperar su peligroso rayo positrónico. Por el camino se topará con niños crueles, un ángel ciego que ha olvidado volar y una tiranía que gobierna bajo el volcán viviente del Mathmos.

Reseña

Tenía trece años cuando me crucé con Barbarella por primera vez. La pillé una noche en TVE, dentro del Lunes Cine de la segunda cadena, y recuerdo perfectamente la cara de perplejidad que se me debió quedar. Aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes: era cutre, era extraña, era, aunque todavía no tuviera esa palabra disponible en mi vocabulario, profundamente kitsch.

La nave parecía un salón con moqueta peluda. Los efectos especiales daban más risa que terror cósmico. Y Jane Fonda flotaba sin gravedad mientras se quitaba un traje espacial en lo que sigue siendo, probablemente, el mejor crédito de apertura de la historia del cine. Todo en la película era absurdo y no se tomaba en serio a sí misma ni un solo instante, y eso, para un niño acostumbrado al cine respetable, fue una pequeña revelación: resulta que se podía contar una historia y al mismo tiempo no creérsela, mezclar lo solemne con lo ridículo y que el resultado tuviera, encima, su propia poesía.

Y en medio de ese disparate estaba Pygar, el último ángel del planeta Tau Ceti, ciego, derribado, encontrado entre los matorrales por nuestra heroína intergaláctica. Sin camiseta, con dos alas blancas enormes a la espalda y un aire de derrota absoluta, era un personaje que no necesitaba ser gran cosa para dejar huella: la fragilidad de quien ha caído desde muy alto, unas alas que servían de manta y de promesa, alguien que había olvidado cómo volar y lo recuperaba en el tercer acto por amor.

Hoy la veo con otros ojos, los de alguien que reconoce la ingenuidad del pop art sesentero, el erotismo blando y las costuras del decorado. Pero sigue siendo uno de esos grandes placeres culpables, o no tan culpables en realidad, que puedo confesar sin ningún pudor.

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